Y si no fuera porque pronto desapareceré siendo ceniza entre las cenizas, me digo -si no fuera por eso- que éste es precisamente el sitio para aventurarse y ser comida como fruta, no como bruja.
Como muchos de mis lectores -y visitantes- saben, vivo en Buenos Aires, frente al edificio de Obras Sanitarias, del famoso Palacio de las Aguas Corrientes, que parece más bien preparado para un cuento de hadas que para trámites burocráticos.
Habito un tercer piso, por la calle Riobamba, y sólo separado por el balcón y unos cuantos metros cúbicos de aire libre tengo todo un panorama, como una pintura, como un friso, donde están inscriptos dos palos borrachos y una palmera erecta, alta y centenaria.
A veces, con las tormentas, la palmera se mueve peligrosamente y, a fines de la primavera del año 2001 -precisamente cuando hacía tan poco, el 11 de septiembre, habían desaparecido con tanto estrépito las torres gemelas en Nueva York-, yo sospechaba que en algún momento podría caer rectamente justo sobre mi propia casa, pero eran sólo momentos, sólo ráfagas de pensamientos autodestructivos, porque a todo eso estaba venciendo la depresión que me causaron la muerte de Olga Orozco y también mi fracaso de poeta.
Estaba enamorada sin remedio en aquella casa -en la casa de mi amigo Manuel, aquel día- de alguien que él acababa de presentarme y cuyo nombre no recuerdo. Había mucha gente que reposaba en diversos almohadones y colchones, todos dormidos en parejas o tríos, y yo estaba sola en una manta arratonada. Sentí, raramente, algo de frío, entonces me levanté y fui a la cocina y me miré en el fondo de una caja de lata.
Para empezar a pensar en el amor como en un rito, bebí una taza de agua clandestina, de agua que salía de un lugar oscuro. De pronto la lluvia golpeó el techo, eran látigos que golpeaban y pájaros que chocaban contra el zinc.
Ahora habito en esta misma página que me quema, como si hubiera venido de lo de mi amigo directamente a esta página. En la misma página que me quema como a una bruja, miro desde allí
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