El aire la vela, vela. El aire la está velando

El aire la vela, vela. El aire la está velando
Parecen dormidas en el pajonal... pero no lo están.

29 jun 2013

Que ma, Padre

Las afinidades del espíritu Apuesto a que termino de escribir este artículo sin haberlo escrito. En parte, como el soneto de Lope de Vega, aquel que le manda hacer Violante. Seguro que lo escribo, pero sin mencionar casi algún tema. Yo he leído muy poco, muy salteado.

Por eso pido perdón ante algunas bravuconadas que, después de escribirlas, resultan altamente eruditas, ilustradas –es horrible la palabra bravuconadas, pero fue lo único que encontré para reemplazar la peor palabra fanfarronadas, y luego busqué un sinónimo de “cultas”, referido a mis bravuconadas, y, apenas copié ese “eruditas, ilustradas” que puse al final de la frase, cerré el Nuevo Gran Diccionario de Sinónimos y lo extravié entre los papeles y libros que rodean lo que escribo.

En este momento no tengo a nadie más humano y brillante que un diccionario que me alcance un sinónimo, y mi cabeza se estancó. Esas bravuconadas suceden porque mi memoria tiene metabolismo acelerado, y con lo poco que he leído puedo suscribir oraciones como aquellas con las que iba a empezar esta nota, de las que después me arrepentí, porque me dieron vergüenza por vanidosas.

Y vanas. Las oraciones eran éstas, Dios me perdone: Plutarco habla de vidas paralelas, Goethe de afinidades electivas, Proust de consanguinidad espiritual, Borges de precursores de grandes escritores como Kafka, es decir, afines en tiempos diferentes. En un libro de filosofía que estoy tratando de leer –o sea, de entender-, Clément Rosset afirma que “la afinidad espiritual que vincula a Schopenhauer con Freud ha sido atestiguada por Freud desde el comienzo de su obra”.

¡Iba escribir al empezar el post esta frase! Y yo apenas abrí un día el libro de Plutarco que tengo a mi costado; hojeé un día el Fausto de Goethe y me aburrió -sé que es pecado lo que confieso -, y etcétera etcétera en lo que se refiere a todo eso. Sin embargo, este juego me gusta. ¿Para qué tantas reverencias si lo más importante para mí, lo que más me gusta, es jugar?

El edificio parte 1

el edificio se esta derrumbando y vos sin saber quien es el bueno y quien es el malo

Todo mal y me siento algo infantil

Que Dior te lo pague

Proyecto Manhattan: Moda en la cuspide

Di pasos más seguros todavía, y me acerqué a los que estaban jugando. Temía a los moralistas, los ejemplares que más abundan en lugares como ésos. He oído a algunos que responden: “Yo sé medirme. ¿Cómo no guardó para el pasaje?”, y dan vuelta la cara y se encaminan apresurados a donde los lleve el diablo. Pero un diablo que nunca soy yo. Siempre reflexiono al escucharlos que, si se supieran medir, no se encontrarían allí en ese momento.

Pero en este caso era yo la que estaba a punto de pedir, y la turbación me impedía hacer consideraciones sobre mis compañeros de adicción. Rogaba que nadie me respondiera una cosa semejante; que no me sermonearan al menos, que en última instancia presentaran excusas no creíbles pero amables. Tengo mala suerte. 

La primera persona con quien hice mi bautismo de fuego era una señora que se estacionó, de pie, junto a mí: “Las máquinas están arregladas para que no den, hoy más que nunca”, protestó. “Me mudo a otra, pero seguro que es lo mismo. ¿Quiere acompañarme?”, me arrió de alguna parte de mi brazo. “Vamos a las de un centavo.

En poco tiempo le tragan cien pesos, ¡pero en más tiempo que las de cinco centavos!”, exclamó. La acompañé con resignación, o bien mi brazo tenía dificultades para soltarse. No la veía como una buena candidata: se quejaba demasiado. Con generosidad me indicó la máquina que había dado “millones” hacía algunos días, me obligo a sentarme allí, ella ocupó la que estaba al lado.

involución de la mujer

Por semana dicen muchas estupideces y por moda no entienden un carajo

Como el mono logro caminar para luego sentarce a ver una fashion week

No quiero que me abandones